jueves, 17 de noviembre de 2011

El Pollo Goyo tiene una visión.


9:10pm, llego de un día raro y pienso, tengo abandonados a mis dos seguidores del Pollo Goyo, pero primordialmente, tengo olvidada la costumbre que me obligué a tomar como ejercicio de escritura. Hoy les daré a conocer un cuento del Pollo que saldrá de la nada, a diferencia de los anteriores que fueron relativamente pensados y establecidos como toda buena escritura. Pero como al fin y al cabo es esto un ejercicio, quiero ver cómo me sale una improvisación. De todas formas hago el anuncio, no vaya a ser que el resultado sea tan malo que se me agoten los ya pocos seguidores que tengo. Disfruten.



            No es que no lo hubiese hecho antes, de hecho el “pata paloma” de los bigotes de oro es de por sí el amor en carne y hueso. Algo así como un hippie ambulante, porque no se le puede negar que su amor no es sólo hacia el sexo opuesto, también lo es hacia sus seres queridos y especialmente a su Paulita. Oh, olvidaba el Malibu verde oliva del ochenta y dos. En fin, los amores de Goyo sólo él los puede contar.
            Un día cualquiera se acerca a la mata de mango un cachorro sin dueño, que deambulaba por la calle a punto de ser atropellado hasta que por fin consiguió un lugar donde descansar de tanto tumulto. Goyo lo observaba con cautela –nunca había sido fan de los animales, de hecho, en ocasiones los mandaba al cementerio, especialmente a las aves, sólo por diversión- mientras que el can se acercaba más y más. De pronto, el animal comienza a juguetear con su zapato y bota de pantalón, sin ningún tipo de malicia y con la fuerza casi nula que cualquier cachorro puede tener, y entonces sucedió algo dramático:
            Al Pollo “se le fueron las luces”, como coloquialmente se dice en su pueblo, y comenzó a tener visiones, al principio sin sentido y muy vagas, y luego más lúcidas y concretas. Se trataba de un viaje por el tiempo de sus amores, desde su adolescencia, cuando era el padrote de la cuadra y conseguía a cuanta mujer se le atravesaba, hasta su juventud madura, en la que se perdió en el jardín de los amores y descubrió el romance de la poesía y las canciones de amor. Sólo el Pollo sabe cuántos amores tuvo, si es que los recuerda, aunque en ocasiones lo hacía con sus compinches sobre algún amorío lejano, con nombre, apellido, y descripciones en prosa como si aún no hubiese perdido su talento de poeta.
            Más tarde se posó en su edad adulta, cuando convivió con otro montón de mujeres, unas más buenas que otras, con quienes compartió la tragedia de la separación y la tortura del despecho, como si cada una fuera la primera. Pero la que en verdad dolió más a Goyo fue su ex mujer Amanda. Fue ella quien le dio lo más preciado  y significativo en su miserable vida: a Paulita. Con la espera de la nena creció la ilusión, la esperanza, el sentido de pertenencia –y permanencia, si se puede decir- la lucha, el coraje, y muchos valores más que enaltecen a cualquier hombre hasta creerlo rey del universo. Lo único con lo que no contaba el Pollo, era con la idea de que su mujer no sentía precisamente lo mismo, y por el contrario, cerró toda idea positiva de sueños a posteridad con la noticia. Sí, fue un golpe duro para Goyo saber no sólo que su mujer amaba a otra persona –el entonces bartender del barrio- sino que no deseaba tener a la criatura. Esto era inconcebible para Goyo. Cabeza asentada no tiene marcha atrás, y sus sueños no se iban a ir por el retrete así no más. Con el uso de la mayor cantidad de hostigamiento necesario, Goyo forzó a su mujer a no cometer locuras con su tesoro, por supuesto que ésta se fue de la casa y ya no le interesaban en absoluto el qué dirán y mucho menos su ex marido, pero la atosigó hasta tal punto que, entre llantos y amenazas tímidas, la convenció de llevar adelante el proceso. Está claro que al momento de nacer, Amanda amó a su Paulita y se transformó en la mejor madre, pero eso no impidió que Goyo pudiera retornar a la idea de la familia feliz: El bartender había accedido a criar Paulita como suya. También está claro que al poco tiempo el pobre hombre se hartó de ambas y se fue a pisar otro charco, pero lo más reclaro de todo es que desde esta historia Goyo no volvió a ser el mismo. No amó de la misma manera, poco a poco perdió sus armas de seducción, y se entregó al abandono de quien se desilusiona de la vida. La única esperanza que  mantenía la llama encendida era Paulita, con quien los escasos momentos en que compartían lo hacían volver a sentir algo especial.
            Es probable que muchos piensen que el Goyo es un hombre insensible y bobo, pero la verdad es que esta es una de las cualidades que aunque menos demuestre más lo caracterizan. Y es que el amor es lo que hace humana a la persona. En fin, poco a poco Goyo fue saliendo de ese ensimismamiento fastidioso e incoherente y volvió a pisar la realidad, y cuando finalmente lo hizo, lo primero que vio fue al cachorro observándolo y moviendo su cola con alegría. Luego de mover la cabeza y darse un par de palmadas para reaccionar, Goyo tomó al cachorro y ambos se dirigieron a su casa. “Estoy viejo”, pensó, para acallar el sentimiento de soledad que lo había invadido desde que despertó del ensueño.


9:48pm, terminado sin correcciones.
9:59pm, corregido. Espero escuchar comentarios. Feliz noche, queridísimos amigos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada